No hay frase más irritante que esa que reza: "todos los trabajos son dignos". Algunos lo son tanto, que casi son dignos de la pena de muerte. Es curioso que los campeones de la dignidad laboral jamás se dedican a esas actividades que tanto loan. Es más, secretamente temen que los pobres desgraciados que se dedican a esos dignísimos empleos se den cuenta de la mierda que tienen que soportar y enpiecen a plantearse ceder tanta dignidad a cambio de un mejor salario, una jornada que no dure doce horas o unas tareas que no revienten su espalda y que podría realizar cualquier mono amaestrado. La situación resulta doblemente lacerante cuando descubres que tu jefe es un cretino que tuvo suerte, dinero, buenas amistades o que simplemente nació antes que tú, en aquellos tiempos en que tener el graduado escolar te convertía en parte de la minoría ilustrada.

Que quede claro, dignos son todos los trabajadores de este mundo, pero estar de reponedor con una licenciatura a la espalda o en un restaurante de comida rápida limpiando mesas teniendo conocimientos de alta cocina y hostelería es vergonzoso. No para el que desempeña esa penosa labor, sino para la hipócrita y estúpida sociedad que lo permite y que, fingiendo defender a estos pobres desgraciados (de nosotros), los mantiene en su mismo y denigrante statu quo.

Cervantes no se moría de dignidad, queridos amigos, sino de hambre.