Hay cosas que, para saberlas, no basta con haberlas aprendido. ¿No es obvio, a poco que se observe, que el tiempo todo lo cambia, todo lo muda y lo destruye? El reconocimiento de esta verdad terrible se acaba manifestando súbitamente demasiado tarde ("que la vida iba en serio es algo que aprendimos tarde"), agazapada en detalles miserables y anecdóticos.
Hoy leí sobre un patético reencuentro masivo de los integrantes de la mítica película "The Goonies". Exceptuando al hermano mayor, que sigue siendo "genio y figura", Mickey, que ahora es uno de los elfos gordos de "El señor de los anillos", y el gordo, que ya no está gordo y parece un supervillano inteligente, los demás son el vivo rostro de la muerte. Comparar a un adulto con el niño que ha sido es deprimente. La piel se arruga, el rostro se descuelga, el cabello se cae, se gana peso. Los ídolos adolescentes de mi infancia parecen la mayoría actualmente ex-presidiarios. Brad Renfro, gordo como una cebolla y olvidado, acabó con su vida a sus escasos veintisiete años, Corey Haim murió hace poco de sobredosis completamente acabado, Jonathan Brandis se suicidó a los veintiocho años al ver como su carera se pudría en sus manos conforme se alejaba de la juventud, Corey Feldman sigue intentando vivir de su adolescencia a sus más de cuarenta años. Y Kathleen Turner, esa bomba sexual de carácter, es actualmente una matrona elefantiásica. Murió Michael Jackson.
Nunca termino de sorprenderme; pensaba que, bien los viejos nacían ya viejos, bien que aquel proceso se detuvo para los nacidos en los años ochenta. Afortunadamente nunca tuve una infancia célebre, así que me libro del castigo de ver la imagen muerta del que fui y ya no soy. La compasión del olvido.
Descansad en paz, niños. Los jóvenes que son amados por los dioses, no viven por mucho tiempo.

Te quiero, tío. Tanto que me voy a ahorrar la sentencia. Y el olvido.